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La melodía de la venganza

La melodia de la venganza es un cuento separado en tres momentos, cuenta una historia de terror y suspenso que se desarrrola en un antiguo bar. El fantasma de una moza que murió hace años ejecutará su propio juicio en cada uno de los empleados.






Esta obra solo está disponible en digital en amazon.

La melodía de la venganza


Si alguien quiere disfrutar de esta obra en audio libro, pueden contar con una interpretación de un excelente narrador: William Franco.

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Mal encuentro





Tiffany era una chica normal que vivía en el barrio Cordón, Montevideo, Uruguay. Tuvo la suerte de salir de licencia en medio de febrero, y si bien sus ingresos no permitían grandes vacaciones, ir a Buenos Aries a conocer no era algo lejos de su alcance. Abordó un Buquebus en la mañana del jueves, y llegó al mediodía siendo recibida por una prima. El encuentro fue, como se esperaban ambas, una charla de palabras cruzadas, unas tan rápidas como podían expresarlas. Llevaban diez años sin saber nada una de la otra, más que por breves mensajes de WhatsApp. Juntas fueron a la casa de su tía donde pasaron la tarde. En la noche, Tiffany paró a dormir en la casa de quien la recibió, pero apenas en la mañana, ambas ya estaban de pie para aprovechar el tiempo al máximo. Las horas fueron pasando, casi ni se percataron del paso del tiempo por lo emocionadas que estaban, para cuando dieron cuenta que el sol se había puesto. Era viernes, y tenían que disfrutarlo. Volvieron al departamento de la prima de Tiffany para arreglarse, se probaron toda la ropa que tenían, intercambiándose prendas una con la otra hasta dar en la tecla de cómo salir. Después de dos horas de intensa batalla con la moda, partieron rumbo a la zona bailable de la Costanera. Visualizaron distintos lugares desde fuera tratando de escoger el mejor, vieron uno, el cual las personas en la entrada se veían adecuadas a su estilo. Al entrar, los típicos oldies conquistaron sus oídos haciéndolas sentirse cómodas. Llegaron a la barra y entre mojito y mojito, el alcohol fue creando su efecto inhibidor. En dos horas las chicas hacían algo que creían que era bailar, pero era más un conjunto de pasos sin forma, con sonidos a risas ebrias. Entre canción y canción, dos muchachos se fijaron en ellas, a dúo fueron a buitrear ya de acuerdo con respecto a quien atacar. A Tiffany se le acercó un moreno de anchas espaldas, con la mandíbula cuadrada y una camisa abierta de tres botones que permitía ver una cadena de oro. De su prima se encargó el amigo del moreno, un rubio oxigenado al estilo alemán, con la piel tan blanca como muñeca de porcelana. Todo comenzó como lo predecible, entre baile y franeleo, algún trago más otra cosa. La temperatura aumentó entre los cuatro. Tiffany, si bien estaba ebria, sabía que esa no era su ciudad, era la mejor oportunidad de hacer algo de que lo se arrepentiría en el Uruguay. El fuego de la pasión brotó más y más entre Tiffany y el moreno, quien casi ni había consumido alcohol, o al menos no lo suficiente como para derrotarlo. Él con discreción la tomó de la mano para emprender viaje fuera del baile. Al salir, caminaron algunas calles y llegaron a un auto, un modesto Chevrolet Corsa, pero suficiente para lo que acontecería. Entraron en los asientos traseros, y entre besos y caricias fogosas, la acción comenzó, dentro del auto negro de vidrios polarizados y en la calle a oscuras. Tiffany estaba hecha una leona salvaje. Después de la previa de besos furiosos entre ambos se arrebataron partes de sus ropas, ni bien el moreno se abrió el cierre de su vaquero, ella no dudó en saborear el néctar. Comenzó a practicarle sexo oral fervientemente como si estuviera en un video porno, lo miraba a los ojos de a rato, mientras él disfrutaba como ella lo hacía. Cuando ella sintió el momento en que su miembro actuaría, lo retiró para recibir los fluidos en su rostro con una amplia sonrisa. El moreno, a pesar de haber finalizado, seguía con energías, así que la recostó sobre los asientos y la empotró con alma y energía.
A penas supo Tiffany como llegar el sábado en la mañana a lo de su prima. Tocó la puerta cerca de las 9:30, y tras una demora de siete minutos ella finalmente le abrió. Era difícil saber cuál de las dos tenía más ojeras o estaba más devastada. Tras una sonrisa cómplice, no fue necesario darse detalles para entender. Cada una a la cama, y recién a las 15:00 se levantaron, se contaron sus anécdotas, de cómo el moreno empotró a Tiffany y cómo el Alemán atendió a su prima. Sábado a la noche, las vacaciones terminaron, Tiffany partió en el Buquebus con un dolor de cabeza de los dioses, pero satisfecha del cambio de aire. Llegando el Domingo de madrugada, Montevideo, Tiffany tomó un taxi hacia su casa, y así terminaron las vacaciones.
Cuando se levantó en la mañana el dolor de cabeza continuaba, no era raro, ya no tenía 16 años como antes y las borracheras se sienten más a su edad. Limpió su casa y dejó todo pronto para comenzar sus obligaciones el lunes. Pero cuando terminó, fue directo al baño por un malestar que la tomó de sorpresa, estuvo un rato largo con fuertes vómitos. Tiffany fue a dormir después de un antiácido, se prometió no tomar tanto, pero cuando se levantó se percató de la verdad. No era necesariamente el alcohol lo que le pasó factura, tenía una gran alergia en su rostro, desde debajo del ojo derecho hasta el labio superior, jugando como un camino de hormigas, era conjunto de pequeños globos rojos e hinchados que le picaban y al rascarse más ardían, algunos segregaban un líquido extraño. En esas condiciones no iba a trabajar, así que partió en un taxi al hospital. Cuando se bajó del vehículo paró a vomitar en la calle, no sabía si era lo debilitada que la dejó la reseca o los nervios por la alergia, pero de ninguna manera se dejaría ver así ante sus conocidos. Entró a un médico de puerta que la revisó, pero él se apartó de ella, la miró con la seriedad de un juez tras resoplar. Había una mirada fría hacia ella que más nerviosa la ponía.

—Necesito que seas sincera conmigo —pidió atentamente el doctor.

—Sí, claro —contestó aterrada ella, pensando que le echaría culpa por drogas.

— ¿Tuviste relaciones sin cuidarte? —Insinuó él.
Lo blanco del rostro de Tiffany superaba la bata del doctor, sus labios jugaron del mismo color al instante, le había bajado la presión.

—Tranquila —dijo el doctor al posar la mano en su hombro —. Dime qué pasó.
Tiffany contó con detalle sus vacaciones en Buenos Aires, y cuando ella terminó, el doctor dio sentencia.

—Tienes parásitos en el rostro, que seguramente te los contagió la persona con la cual estuviste. Esos casos los reconozco muy bien, porque esos parásitos que tienes en el rostro y seguramente en tu interior, son pequeños gusanos casi imperceptibles a la vista que se encuentran en los cadáveres. Tuviste sexo con un necrófilo. Ahora necesito que hagas la denuncia para quitarte culpas legales, la necrofilia está penada, y vas a tener que demostrar que él te infectó y que no la practicaste.

El plan

Mi nombre es Óscar, y les contaré un poco de mi vida y de lo que me sucedió.

Crecí bajo el techo y la tutela exigente de mi abuela. Mi madre, que fue su hija, madre soltera y alcohólica crónica, no le costó mucho que el cáncer de hígado tocara la puerta de la muerte por su vicio. Mi novia, Caren, creció en una familia de mierda. Literalmente, una familia muy de mierda. Cuando ella tenía 13 años, su hermano mayor solía espiarla mientras se cambiaba. Su madre, adicta al juego, se gastaba lo que el honrado de su padre ganaba a duros esfuerzos. Él si era un buen hombre, pero cuando Caren cumplió 15 años su madre se suicidó, debía dinero a un pueblo, y apareció un amante de malos pasos, dueño de algunos negocios, a quien le había vaciado la cuenta del banco. Así fue como su padre, al igual que mi madre, se ahogó en el alcohol.
Jamás le hizo daño, pero no era capaz de cuidarla, menos de su degenerado, sucio, tarado, e idiota incesto de mierda de su hermano. En ese momento Caren tenía 15 y yo 17, llevábamos 3 años de relación y sabíamos lo que queríamos. Mi abuela jamás me ocasionó problemas, pero no me brindaba amor desde su rol de abuela o como madre. A veces, sentía que yo era una “obligación” bajo su cargo, y no su nieto. Aun así ella se encargó de cuidarme, me tenía siempre el ojo en la mira por si la "herencia" alcoholica de mi madre despertaba. Constantemente le contaba a mi abuela de los planes con mi novia, de conseguir trabajo cuando tuviera la mayoría de edad y formar una familia con ella. Pero, mi abuela sospechaba mucho de Caren, decía que cuando no me necesitara me daría la espalda.
Eso fue un poco de nuestra juventud, quizás un poco cliché. Dos jóvenes con vidas tormentosas, superando los obstáculos de la vida, en la travesía de ser ejemplos para nuestros hijos. Pero las cosas no son como en los cuentos de hadas o películas, las cosas malas le pasan a la gente mala, pero también a la buena. No hay nada que dictamine a quien le pueda pasar qué. En fin, hoy cumplimos 6 años de novios, más 10 de casados. Casi toda nuestra vida de recuerdos fueron juntos, nos conocíamos tan finamente que con gestos podíamos hablarnos. Muchos dirán que es lo más romántico, dulce, hermoso, sublime conexión que unen nuestros lazos hasta el infinito y más allá ida y vuelta con gastos pagos. Pero no, es aburrido, es monótono, una y otra vez comiendo la misma carne con la misma sazón por más feo que suene. Cuando cumplí 21 años y ella 18 nos casamos. No fue un plan romántico con un anillo dentro de su postre en un restaurante de alta cocina. Ni un camino de pétalos de rosas hasta la habitación para escribir con ellos “cásate conmigo”, y no es que sea mi idea por ser un romántico sin admitirlo, lo hizo el idiota y mente vacía de mi mejor amigo, y le dijeron que no.
A mi abuela lo no le gustaba Caren, lo dejaba en claro por su manera cortante y seca en su trato con ella. Aun así, Caren jamás discutió con mi abuela, y mi abuela jamás buscó incomodar a Caren. Simplemente, a mi abuela no le agradaba Caren, y mi novia soportaba eso mientras no hubiera problemas. Dos años después de casarnos, mi abuela sufrió un infarto, ya tenía 85 años y no era evitable la muerte, aunque ella era de fierro. Cuando estaba de visita mientras seguía internada, abrió los ojos buscándome, tomé su mano con delicadeza, pero la quitó, ya que la usó para señalarme.
—Caren un día te va a hacer mierda la vida —dijo con calma, pausada, y entrecortada.
Esas fueron las últimas palabras de mi querida abuela. Sí, mi abuela era una perra de collar fino, pero lo digo en serio, era la persona más desamorada, cruel, insensible, e ingrata que haya conocido. No exagero, solo le faltaba comer comida para perro y caminar en cuatro patas para ser una total perra, porque gruñir ya lo hacía cada vez que una de sus reglas no se cumplía. Y muchos pensarán que cuando una persona está por morir, olvida todo lo malo y recuerda lo bueno, pues no, mi querido amigo fanático de las historias de Disney, esas cosas no pasan. Su muerte marcó mi vida, no fue que la extrañé ni nada por el estilo, simplemente fue el día en el que decidí mi plan, mi plan de vida. Ya estaba casado con Caren,  heredé la casa de la perra de mi abuela, que para nada era una cucha de perro, y comencé una carrera.
Así pasaron los años, trabajamos, yo estudié, ella me atendía, trabajamos en equipo hasta que me recibí y conseguí un buen trabajo. Ahorré dinero como un pobretón a pesar de triplicar mis ingresos, para comprar un auto al contado. Solamente faltaba lo último del plan de mi vida, solo una cosa me separaba de la satisfacción perpetua del sueño americano, un hijo. Era solamente tener un hijo lo que me faltaba. Caren y yo salimos de vidas de mierda, nos juntamos y logramos juntos un castillo lleno de momentos felices. Estaba la casa, el auto, ahorros, los muebles, un estúpido e inútil perro de esos que parecían caniches, más pequeño que el aburrido y gordo gato de mierda que dormía todo el día y orinaba la cocina. Pero así y todo, éramos unos ejemplos a seguir de nuestros pocos allegados, al tal punto que el mejor amigo de mi esposa quería que fuéramos los padrinos de sus hijos. Cosa que no pasó porque no quiero ahijados con la cara de nada de su padre o el rostro masculino de su madre, esas dos cosas eran feas y no me imaginaba el producto de ambos. Sería horroroso, no los soportaba y los evitaba. Creo que eso eran los genes de mi abuela, ese asco por ciertas personas que aunque sepa que esté mal, no puedo negarme mí mismo lo que siento.
Lo que sucedió un día me destrozó el alma como mi perro al almohadón de mi sofá nuevo, Caren no quería tener hijos. No lo entendía, lo teníamos hablado hace tiempo, queríamos tener dos hijos hermosos y en lo posible una nena y un varón, fue una sensación tan frustrante, peor que cuando el pelado hijo de la gran puta de mi profesor rebotó mi tesis por no llevarse quien con quien la hice. Ese maldito viejo con cara de pedófilo con los ojos torcidos como si la gorda de su esposa se le sentara en la cara todos los días, me negó la tesis. Y aun así, en ese momento que Caren me dio la noticia fue peor. Ella me demostró miedo sin sentido a mi parecer, justificándose en la seriedad de mi rostro que le hizo acordar a la perra de mi abuela. Que ciertamente, días después le di la razón sin decirle, cuando me miré en el espejo, tenía sus ojos serios y temerarios, era solamente vestirme de verde para ser un coronel del ejército. La misma postura estirada sacando pecho, y un gesto de desconformidad en mis labios que era asiduo. Era como la perra de abuela, pero en masculino y más joven, y con menos motivos para ser perro.
Los días fueron pasando y pasando, recordaba la negación de mi esposa por tener hijos al igual que las últimas palabras de mi abuela. Ambos fragmentos de mi vida estaban latentes una y otra vez, generándome una impotencia tan grande como a los cinco días de comprar mi auto y querer arrancarlo para no lograrlo. Mientras día a día veía a mi abuela en mi rostro, cada estúpido y aburrido día de mierda en que me lavaba los dientes frente al espejo, comencé a sentir que ella tenía razón. Pero nada iba a cambiar mis planes, nada.
Le compré un celular nuevo a mi esposa, pero solamente era una pequeña trampa, porque ella no sabía que el celular figuraba a mi nombre, y por tal, podía acceder por la web de la compañía a una cadena de mensajes que aunque no esté el contenido, pude descifrar un patrón de mensajes. Había un ping-pong de mensajes de texto de un número que cuando lo agendé, vi en WhatsApp su foto de perfil. Era un moreno, de esos de piel tostada como si fuera hindú. Por el ancho de su espalda y lo que se veía de su medio cuerpo seguramente medía 15 cm más que yo, y apostaría a que su pene sería proporcionalmente más grande. A lo que cuál deduje fácilmente porque no quería tener hijos, no podría seguir cogiendo con ese negro, y que le siga dando como zorra en época de caza, seguramente no le dé la boca para meterse su miembro entero, y cuando la tengo en casa debe de estar como elástico estirado. Podría haber realizado una escena de macho pecho peludo, pito de hierro, barba de leñador, pero ese no es mi estilo. Decidí cambiar mi plan, y convertir toda esa frustración de los años perdidos en un acto que jamás nadie olvidaría, en algo tan épico que quizás algún escritor decida pasarlo a novela o cuento. Al estilo Saw, pero con menos sangre comencé a maquinar que haría con ella y con el Aladín de dos metros de altura.
Ella siempre hacía las compras en casa, todo lo traía ella, hasta los condones. Seguíamos teniendo relaciones a pesar de notar cierta monotonía en el sexo. Había perdido esa magia volcánica que teníamos, esa manera de quedar exhaustos como para pedir agua a señas. De todas maneras no me quedaba atrás, pensar en esa versión de metrosexual con la que salía alimentaba mi ego, y sí, cogía más de bronca que por amor. Solo que algo había algo que ella no notaba, es que yo había pinchado todos cada uno de los condones, y había cambiado sus pastillas anticonceptivas que, por fortuna, venían en frasco y no en blíster. Por suerte, ponía placebos que conseguía de un amigo médico para su investigación. Había esperado con gran paciencia que llegara el momento, y al transcurrir tres meses sucedió. Ella se levantó a las 3:00 AM a vomitar. Yo tenía claro que la había dejado embarazada, aunque claro, podría ser del otro, pero si tanto se cuida conmigo de seguro que lo hace con el otro. Era el momento del Jaque, cada 3 días le venían más vómitos, para ese momento debió de sospechar, pero yo seguí calculando mis movimientos.
Ahora bien, en ese momento estudié dos posibilidades; una, era que me dijera  que estaba embarazada, la otra que lo negara. Sea lo que sea llegaba el momento clave, podría hasta abortar, pero necesitaría asentarse unos días. Un día dije faltar a mi trabajo para hacerme un chequeo médico, y pocos días después le dije lo que le tenía planeado a la hija de puta. Le expliqué que soy estéril. Claro que fue mentira, pero su cara de póker de la muy sucia casi me hace escapar una sonrisa diabólica, era como leerle la mente. Ella creía que estaba embarazada del otro con el que se seguía escribiendo. Luego la mejor parte. En casa para ella fueron unos diez días de terror. Le crecía la panza y nada podía evitarlo, y en complicidad de mi secretaría, que para nada tuve nada con ella, desaté la mejor parte de mi plan. Un mensaje me llegó, fingí estar anonadado, le dije a mi esposa que una amiga descubrió que le pegaron el sida, y le mostré que quien creía que fue. Me mandó la foto del amante de mi esposa. Corrió al baño para ir a vomitar, le pregunté si estaba bien y que si quería ir al médico, pero no había manera de convencerla. Si les soy sincero pensé que iba a gozar ese momento, pero no fue así. Ella jamás me dijo la verdad, no pude descubrir de quien era el bebé, la muy sucia cometió suicidio por no tener el valor de decirme que ese embarazo era con otro, y que ese le pegó un supuesto sida que debió de creer que a mí también. No esperaba un acto tan cobarde de su parte, no era a lo que quería llegar. Aunque, explicarle a la policía de que esa no era mi idea se me hizo difícil cuando interrogaron a mi secretaria y contó lo de “la broma de su sida”. Ataron los cabos sueltos y se arruinó mi plan.

Nunca uno, sin el otro


Hola mi amor, ¿cómo estás? Yo bien, te he extrañado mucho, ha pasado bastante tiempo. ¿Sabes? Me pregunto si me has extrañado. Bueno, eso no importa. Nunca te olvidé, recordé durante estos tres años cada uno de tus gestos, cada detalle de tu rostro, el olor de tu piel, y como jugaba con lo suave de tu cabello entre mis manos. Sí, jamás te olvidé, y jamás lo haré. Fueron duros estos tres años sin ti, pero lo que me mantuvo vivo fue el ferviente deseo de volverte a ver, de tenerte en mis brazos y besarte hasta lo imposible, de contenerte, de tenerte, de sentir el calor de tu cuerpo sobre el mío. En fin, fueron tres años muy duros, ni te lo imaginas; la cárcel no es un lugar agradable, hay tipos muy malos allí dentro. Imagínate como me han tratado, sobre todo al tener 19 años. Me llamaron bebito; sí, lo hicieron, pero no me trataron como tal, me golpearon cada vez que podían y he llegado a estar inconsciente por varios días. En un momento dejaron de molestarme, fueron diez días, diez días muy tranquilos, hasta que decidieron hacerme su puta. Como verás, un grupo de ocho sujetos me violaron, uno en cada día, se turnaban y competían para ver quién era el primero en disfrutarme. Fue muy duro, verdaderamente vergonzoso. No tenía el valor de mirar a nadie a los ojos, más aún con la advertencia de alguien que se rio cuando me lo dijo. Dice que cuando el último de ese grupo te viola, entre los ocho asesinan a su puta. Y bueno, como verás aquí estoy, vivito y coleando. Oye, ¿qué pasa? Te estás babeando. Cierto, debe de ser por el efecto de las drogas, espera, te limpiaré. Así está mejor, quiero verte bien, sé que quieres acariciarme, pero no puedes moverte, tu sistema nervioso está interrumpido. Aprendí muchas cosas en la cárcel, un psicópata que mató a más de treinta personas me enseñó un par de trucos. Volviendo a lo de antes, ¿sabes por qué estoy con vida? Bueno, llegó el día en que el último me violaría para luego asesinarme, estaba preparado, ya lo había perdido todo, a ti, a mí, mi libertad, y mi dignidad. Pero, cuando una persona lo pierde todo, se vuelve peligrosa porque ya no tiene nada que perder, no tiene nada que temer, y eso pasó conmigo. Dentro de mi media tenía una pequeña vara de metal, cuando dejaron al sujeto solo, lo distraje con alguna conversación estúpida, le pregunté sobre qué se siente violar a un hombre, y no pudo evitar llenarse de ego al relatarme algunas de sus experiencias. Fue su error, para cuando se dio cuenta mi vara estaba dentro de su ojo, creo que llegó dentro de su cerebro por cómo se desplomó y no reaccionó. Los demás estaban fuera esperando, llamé diciendo que se desmayó, y llegaron a socorrerlo. Oh por Dios, fue genial, cuando lo dieron vuelta y lo vieron con el ojo destrozado, tres de ellos comenzaron a vomitar. Fue genial, porque ninguno de ellos quedó con vida. Maté a tres sin darme cuenta como con mi pequeña vara que la venía practicando para dar justo en el ojo. El estado que les provocó a cada uno de ellos ver un cadáver me ayudó mucho, y así que lo hice con los tres, los maté en el acto. En fin, los otros cuatro estaban tan aterrados que no entraron, supongo que verme con el rostro lleno de sangre los superó. En fin, violar hombres no los hace más hombres, creo que eran unas nenas. Lo mejor fue salir de la celda y ver al resto de los presos, se enteraron de lo que había hecho, y comenzaron a festejarme. Me sentí como un rey recién coronado. Cerca de 40 de ellos arrinconaron a los cuatro, y me pidieron que los matara, los maté de la misma manera que a los anteriores. Sí, eso pasó en el primer año. Luego me internaron él algo para gente loca, supongo yo, el tiempo era eterno allí, lleno de pastillas y drogas y sujetos de túnicas blancas haciéndome preguntas. Hablaban entre ellos como si yo no estuviera, pensaban que era un demente. De todas maneras lo soporté, fue una experiencia que me hizo quien soy ahora, pero solo lo hice porque solo hubo algo que no perdí, y fue mi esperanza de volver a verte. Recuerdo que la última vez que nos vimos fue en esa casa abandonada, querías entrar a jugar al juego de la copa. No me gustaba la idea, pero sé que esas cosas a ti te excitaban. Y bueno, accedí. ¿Lo recuerdas? Claro que lo haces, fue el último día que nos vimos, creo que no fue inteligente robar un auto y llegar en él a esa casa embrujada, pero ya ni recuerdo con que nos drogamos ese día. Te veías tan linda dentro de esa casa vieja de pisos de madera con olor a humedad, tu pálida piel brillaba como un hada en la pequeña luminosidad de la vela blanca que prendimos, que lástima que haya pasado esto. Cuando la policía entró a buscarnos nos escondimos detrás de una escalera mientras nos buscaron con sus linternas. Esos dos sujetos no nos vieron, te dije que corriéramos, que huiríamos juntos, tomé tu mano y corrí contigo tan rápido que casi te hago flotar en el aire. Ellos nos vieron, pero no nos hubieran alcanzado, no debiste dejarme allí cuando tropecé, sé que estabas aterrada, pero quería salir contigo, como siempre lo estuvimos juntos. En fin, el pasado no se puede cambiar. Ellos me atraparon mientras tú corriste, me dejaste solo, aunque nunca dejé de amarte. Recuerdo las lágrimas que gasté desde ese día, siempre dijimos nunca uno sin el otro, esa frase se desvaneció cuando corriste sin ni siquiera mirar atrás. Bueno, escapé de la cárcel para locos, tiene un nombre que no recuerdo. “Manicomio”, sí, ese es el nombre. Pero siempre te recordé mi amor, porque este sentimiento va más allá del bien y del mal. Cuando escapé busqué tu rastro, fue una tortura, descubrir que te habías mudado y hasta cambiado el nombre, y cortarte el cabello fue inteligente. Estás irreconocible, pero más hermosa que antes, creo que hasta te crecieron los pechos. Solo fue verte caminar de esa manera tan calma que te caracteriza para reconocerte, esa costumbre de morderte el labio inferior cada vez que cruzabas la calle, de prender un cigarro y en la primera calada largar el humo al instante blanco escapando de tu boca. Lo recuerdo todo de ti, todo detalle, eso me mantuvo vivo hasta ahora para verte, me siento más vivo que nunca. Fueron tres años en los que me consideré un hombre muerto. Olvidé ese detalle de que me hayas dejado ese día, lo superé, entendí que no fueras a verme, era lógico. Sé que tus padres te tenían vigilada antes y luego de ese día sería peor, sé que te mudaste en contra de tu voluntad, y que hasta la recta de tu madre te obligó a cambiar de colegio y corte de cabello. Todo eso lo comprendí de ti porque te amo Alicia. Eso sí, algo que me produjo un fuego en mi ser, fue el día que un chico te besó, alguien que si bien se veía guapo no era de tu estilo. ¿Qué pasó contigo, desde cuándo te gustan los niños buenos? Ese cabello de corte clásico y prendas pulcras, creo que es por el auto, no cualquiera tiene un Mercedes. Ah, lo olvidé, supongo que se llama Ernesto, ¿no? Sí, vamos a preguntarle. Espera, espera, no te emociones, pienso que el efecto de la droga se está yendo, mira, lo haré rápido. Ya que estás sentada y no puedes moverte te lo traeré.

Lo siento, perdón por la demora, olvidé donde lo dejé. Es que traer a una persona a la fuerza es tedioso, y decidí traer solo su cabeza, ¿la vez? Aún parece viva, ¿quieres hablarle? Hazlo vamos, no seas tímida, sé que con él no lo eras. ¿Por qué estás negando con tu cabeza? Es él, créeme, el chico de ojos celestes que tanto te gusta. Mira, deja que levante su párpado para que lo compruebes, ¿vez? Es su ojo celeste que tanto te gusta. ¿Qué? Ah, no puede ser, se le dio vuelta, me dijeron que si le cortaba la cabeza con un hacha sus ojos quedarían abiertos. Bueno, lo arruiné. ¿Quieres besarlo? Hazlo, vamos, no seas tímida, te lo acercaré, dale, no seas así, pesa y se me cansan los brazos. Oh, lo siento, no quería ponerte incómoda, pienso que es algo vergonzoso besar a tu novio delante de tu ex. Espera. ¿Ex? Pero si nunca terminamos, claro, él es el otro, era. Bueno, como siempre te dije, nunca uno sin el otro. No te preocupes, ya llamé a la policía justo cuando le corté la cabeza, creyeron que les jugué una broma, pero como dije mi nombre seguro sabrán que me escapé. Bien, será rápido, nunca uno sin el otro. Quédate quieta ¿sí? Igual no puedes moverte. Esto que estoy inyectando es un veneno letal, en treinta segundos morirás, pero no te preocupes, ahora me inyectaré yo también, déjame abrazarte, no me importa que te salga espuma de la boca. Oh, ya no puedes oírme, ya iré contigo. Nunca uno sin el otro…


Puedes ver este video donde estará su versión narrada por J.J. Zapatta, narrador y escritor