martes, 24 de marzo de 2020

Memorias de un vampiro capítulo 25

Capítulo 25 El alcalde

Pasaron los días mientras V paraba en el pequeño pueblo de Carno. Era un lugar que no superaba los cinco mil habitantes donde todos se conocían y por ello los forasteros resaltaban. V seguía el rastro de alguien, era del alcalde del pueblo.  Lo fue a visitar en su casa sin previo aviso, ya que él estaba cómodamente en su balcón fumando una pipa, en una casa alejada de la civilización a la cual para llegar se demoraba dos horas a caballo. V no permitió dejar ver su presencia, estaba a espaldas de él, hasta que dio su saludo.
—Buenas noches, alcalde —dijo V.
—¿Quién eres tú? —preguntó el alcalde tras girarse con violencia, aquel hombre panzón de bigote y canoso estaba tan pálido de miedo que se entendería que colapsaría en cualquier momento.
—Usted lo sabe —devolvió fríamente V.
—Sabes que soy un vampiro —afirmó el alcalde.
—No solo lo sé, si no que mi curiosidad es saber cuál es su propósito. Este es un pueblo que si bien los vampiros no son perseguidos son muy discriminados.
—No te confundas conmigo, no soy quien te persigue. También soy un proscripto como tú, no hace mucho que he escapado de mis hermanos —contó el alcalde tras recuperar la calma de manera forzada.
Después de una incómoda mirada por parte de V, el alcalde le señala la entrada del balcón y lo invita a pasar.
—Espero poder confiar en ti —dijo V.
—Tenemos prohibido vivir con los humanos, tú lo sabes. Pero todos saben que no se vive en paz en ese oscuro lugar.
—Lo sé, aunque solo por rumores. Casualmente cuando encuentro un vampiro con la memoria suficiente muere antes de contarme algo relevante —asintió V, mientras el alcalde tragó saliva tenso.
—Escucha, si necesitas de mi ayuda solo dilo. También soy buscado, aunque no he llamado la atención como tú. Todos aquí me ven como un humano común y corriente —ofreció el alcalde.
—¿De qué manera podrás ayudarme? Si solo eres un vampiro de clase baja. No tienes capacidades de pelea, solo un extraño poder de convencimiento sobre los seres humanos que fue lo que me guio a ti.
El alcalde quedó perplejo, parecía que V sabía mucho de él. Se acercó a una mesa de madera color caoba donde reposaba una botella de whisky, se sirvió un vaso mientras con un gesto le ofreció a V, la manera en que lo ignoró fue suficiente para rechazarle. Finalmente el alcalde se sentó con pesadez sobre un sillón, casi se dejó desplomar.
—¿Cómo te diste cuenta? —preguntó melancólico el alcalde.
—Porque cuando pregunto por ti a los demás simplemente manifiestan la gran persona que eres, nadie sabe tu nombre, ni a que te dedicas. Nadie sabe nada de ti, pero conquistas sus corazones aunque no te conozcan. Prácticamente de un día para el otro la gente te amó.
El alcalde observó su vaso,  comenzó a girar el dedo sobre el borde ara alivianar la tensión.
—Le llamo endulzamiento —contó —. Simplemente las personas aceptan todo lo que les diga. No es como una hipnosis, solo llego a sus corazones. Así fue como me nombraron alcalde. Fueron dos meses de arduo trabajo relacionándome con todos pero finalmente lo logré.
—Entonces no me eres útil, solo un vampiro fingiendo ser humano —dijo V para darle la espalda.
—No te ayudaré como vampiro —levantó la voz el alcalde tras levantarse del sillón, V se detuvo —, está más que claro que no estoy hecho para combatir. Pero soy alcalde, puedo darte recursos, proveerte de armas y transporte si lo necesitas.
—Lo pensaré —respondió V cuando giró y acercó a él. Le dio darle un trozo de papel con algo escrito.
—¿Qué es esto? —preguntó el alcalde al abrirlo y ver una dirección dentro del pueblo.
—Es donde estoy parando de mientras —explicó V —. Necesito que me provea de un automóvil, combustible como sea posible llevar conmigo y un mapa, puesto que estoy buscando el rastro de los demás vampiros.
—De acuerdo —asintió el alcalde —. Dentro de 48 horas te iré a ver y te llevaré todo. Solo quédate allí, no quiero que me vean contigo fuera, solo por si te siguen otros vampiros.
—Si lo hacen los mataré —dijo fríamente V.
—De acuerdo, solo cuídate muchacho.
—No me diga muchacho, tengo muchos más años de los que usted cree —dijo V al saltar del balcón, cayó a un costado de su caballo con gran delicadeza como si solo hubiera saltado treinta centímetros de altura y no los cinco metros que eran realmente.
—Que susto me dio este sujeto —pensó el alcalde —. No tengo otra opción.
Pasaron casi las 48 horas y el escuadrón caza vampiros estaba siguiendo el rastro de otros vampiros. Richard operaba cinco drones muy discretos, cada uno de ellos era un disco negro de no más de cinco centímetros por lo que eran imperceptibles en la noche. El joven localizó en un vehículo a cinco de ellos partiendo al pueblo donde paraba V.
—Son cinco vampiros, capitán —gritó el joven desde su computadora.
—No creo que sean mucho problema, enviaré a nuestros hombres en su ataque —dijo el capitán.
—No, espera —detuvo el joven.
—¿Qué sucede, Richard? —preguntó Eloísa.
—Ellos cinco son de los seis que acabaron con la mitad de nuestros hombres, solo hemos podido matar a uno de ellos.
—No hay remedio, si V estuviera con nosotros los detendría —dijo vencido el capitán.
—Entonces no piensas vengar las muertes de los demás —reprochó Eloísa.
—No quiero sacrificios en vano, así que lo dejaremos por aquí. Si son menos entonces atacaremos, de lo contrario no.
—Idiota —bufó Eloísa tras alejarse de ellos.
—Si piensas en ir hasta allí iras sola, Eloísa —advirtió el capitán levantando la voz mientras ella se alejaba.
—No soy cobarde como usted —contestó ella sin mirarlo a los ojos, se veía en ella el rencor al recordar las muertes de sus amigos.
—Hermana, no vayas por favor —pidió Richard al momento que dejó su asiento y fue tras ella.
—Haré lo que tenga que hacer —sentenció ella al salir. Tomó su motocicleta para partir al encuentro de los vampiros.
—No vas a ir sola —expresó su hermano decidido. Corrió hacia ella mientras tomó una pequeña ametralladora en el camino —. Yo te ayudaré —dijo Richard, no dejaría sola a su hermana por nada del mundo.
—Primero tienes que aprender algo —sonrió ella con una extraña. Posó su mano en el hombro del chico, este bajó sus revoluciones por un momento.
—¿Qué tengo que aprender? —preguntó el joven iluso.
—A no ser tan bueno —sentenció al momento en que ella golpeó con el mango de su ametralladora en la frente del joven. Lo desmayó. Y así Eloísa salió en busca de los cinco vampiros.

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viernes, 13 de marzo de 2020

Destino inesperado

Las sorpresas se esconden en lo más común de la vida




Siempre era lo mismo en mi casa, una serie de discusiones entre mis padres quienes competían por quien gritaba más fuerte. Mi madre que reventaba cualquier tímpano con ese chillido agudo y mi padre que gritaba como si estuviera en el estadio, le roncaba la garganta con alma y fuerza. Yo ya dejé de presarles atención, de niño observaba con llanto como peleaban con temor a que se separen, tenía más de un amigo en la escuela con padres separados y no quería eso para mí. Sinceramente hace unos años que le resto importancia alguna, con veinte años de edad uno tiene las cosa más claras. Además, mi padre casi nunca está, se va el lunes en la mañana al otro lado de la frontera del lado de Brasil, trabaja como gerente en una empresa de transporte y a veces pasa en Brasil como a veces en Uruguay, en ocasiones vuelve un jueves o un viernes, si tiene ganas de venir. Ya me di cuenta que si discute con mi madre antes de irse directamente se queda en el otro país. Yo hago la mía, tengo mi trabajito aquí en el Chuy, soy reponedor de un supermercado. No es que se gane mucho, pero me hacen descuentos en las compras así que le doy un surtido a mi madre y queda feliz. El resto es para mí, para mi moto, alguna ropa cada tanto, salidas los fines de semana, y algún que otro porrito en la plaza. Si alguien me veía fumando mariguana la verdad que nunca me interesó, y jamás me interesará.
Un sábado como cualquier otro, mi padre había llegado al medio día a casa, tiró la maleta a un costado del sofá sin detenerse en viaje a la heladera, sacó una lata de cerveza, se quitó la corbata con una mano para tirarla sobre el sofá y sentó a mirar el partido. Pasé por su lado y me saludó un frío “hijo”, y sin mirarle le contesté con un indiferente “pa”. Mi madre vino a hablarme, me dio la sensación de que estaban muy peleados porque insistía en buscarme tema, seguramente no quería hablarle y se distraía conmigo. Yo simplemente contestaba con monosílabos vacíos, no tenía ningún interés en solucionar un matrimonio roto, solo esperaba que mi hermano volviera de Montevideo a fin de año así alquilamos algo juntos. No es que me vaya mejor con él, pero me tienen arto, si es por mí no los vería más. Cuando se acercó la noche tomé un baño y me puse ropa de salir. Un vaquero localizado, unos championes Nike, y una remera blanca manga corta ajustada que me lucía bien porque resaltaban mis músculos, por arriba de la remera una camisa de salir azul que llevaba sin abrochar. Un poco de perfume y directo para el baile. Me junté con Luis, un tipo que es un chiste, ese amigo que no para de reir; y Damián, el típico hipster de moda con su candado y el sombrero antiguo al estilo Watson que se usa ahora. Nos fuimos a Almodosbar, un lugar donde van tanto uruguayos como brasileros. Siempre me ocasionaron morbo las brasileras, las comparaba con las uruguayas y notaba que tenían otro encanto, otra gracia, eran más alegres y fiesteras, y claro que generalmente todas eran más corpulentas. El baile era muy agradable, aunque sinceramente iba más por las brasileras que por otra cosa, solo escuchar ese acento melódico bastaba como para ponerme como una fiera. Sonaban una mezcla de canciones de los dos países, algún rock nacional o cumbia, y cada tanto alguna marcha brasilera o alguna salsa. Luego de una hora, Damián me señaló su descubrimiento, tres chicas en la barra. Nos miramos y los supimos, una para cada uno. Como el trío de buitres que somos nos fuimos uno a cada una. Había una muchacha mulatona de gruesos labios y cabello enrulado, usaba un vestido largo de verano marrón con diseño de flores, ella era para Luis, ya tenemos claro que les gustan mulatas. Damián se fue a la otra chica de cabello negro, usaba una muscula negra muy discreta y esos lentes de armazón grueso y lentes enormes, era para él por su perfil culto, ya me los imaginaba hablando de libros, poesía y esas cosas. Yo me quedé con la otra, y no por descarte, me tocó una rubia de ensueños. Usaban un short de jean azul bien cortito que permitían lucir sus buenas piernas. Una musculosa blanca con algunas lentejuelas, usaba maquillaje discreto y unas chatitas cómodas, cuando nos vimos a los ojos quedé embobecido. Tenía unos ojos verdes que le jugaban con el tono de piel trigueña que me pusieron como loco. Su rostro era delicado, sus labios carnosos invitaban al deseo, mientras ella me miró, recogió su cabello a un lado, bajó la mirada con vergüenza pero me la devolvió al instante con una sutil sonrisa. Evidentemente le gusté. Luis empezó como siempre, con uno de sus chistes estúpidos, que no son graciosos pero terminaba haciéndote reír por la vergüenza. Damián se acercó con su típico sigilo gatuno, siempre buscando algún tema de cultura, le faltaba traer el libro de Cortazar bajo el brazo para resaltar su “intelectualidad y cultura”. Para mi sorpresa, el bombón que me tocó comenzó a hablar con ese acento portuñol que tanto me provoca. Mejor dicho, hablaba muy fluidamente el español, pero el acento no lo podía ocultar y eso me encantaba. Cada tanto hablaba con sus amigas en portugués y en voz baja, seguro se secretaban sobre nosotros. Finalmente me quedé con la rubia, Melina me dijo que era su nombre. La saqué a bailar luego de un trago, no conversamos mucho, solo lo rutinario para entablar sociales. Acerqué mis labios a su oído en un momento y la invité a salir a tomar aire. Ella observó a sus amigas, la mulata a las risas con Luis y la otra chica no paraba de hablar con Damián. Nos miramos y entendimos que estaban pasándola bien, y sin sentirnos mal por dejarlos solos nos fuimos. Ya eran las tres de la mañana, estábamos en la parada del bus besándonos con una lujuria que no sabría describir, aquella joven era como el néctar más dulce que podría haber probado nunca, estaba cumpliendo la fantasía de saciar mis deseos con una brasilera. Nuestras manos travesías empezaron a circular por nuestros cuerpos tanto como podían, hasta que en un momento recapacité. No daba para seguir con esto en simples besos, teníamos que hacerlo, así que sin importarme el riesgo la llevé a mi casa. Me temblaban las piernas, y no era por ella, era por si mis padres me descubrían. Sabía que mi madre dormía como un tronco por esas pastillas para dormir que toma, y mi padre los sábados tiene la costumbre de irse de joda, en especial cuando discute con mi madre. La travesía era simple, abrir la puerta con normalidad, entrar a salón, y subir las escaleras sin ruido que gracias a Dios estaban forradas en moquet, luego unos metros a la izquierda y estaba mi cuarto. Le expliqué a ella con lujo de detalle como es la casa, la tomé de la mano y recorrimos el trayecto hasta mi cuarto. Cerrar la puerta de mi cuarto fue un click, estaba ella ahí, tan hermosa y fogosa, me miró a los labios con deseo y volvimos a fundir nuestros labios. La llevé hasta mi cama, y el resto creo que ya es obvio. Terminamos cuando comenzó a salir el sol cerca de las cinco y media, ella se vistió para retirarse, juntos de la misma manera en como entramos nos dispusimos a salir, al bajar la escalera me di cuenta que dejé las llaves en el cuarto. Fui hasta allí y volví en cuanto pude pero con prudencia de no hacer ruido, ella me esperaba en la puerta, ni bien termino de bajar la escalera la puerta se abrió con brusquedad delante de Melina, quien quedó expuesta ante mi padre. La noté a ella petrificada, y a mi padre llegar tambaleándose de la borrachera. Temí que ella gritara, o que mi padre reaccionara mal por el susto. Ella lo recibió con un dudoso “papá”, y él tan alcoholizado le contestó con un seco “hija”. Melina me miró en silencio sepulcral, mientras sonreí por la gracia de mi padre y su borrachera. Salí con Melina y confirmé aquel dicho que dice “los borrachos no mienten”. Mi padre tiene doble vida, una en Uruguay y otra en Brasil, Melina es mi hermana.

martes, 10 de marzo de 2020

Memorias de un vampiro capítulo 24

Capítulo 24 Escuadrón cazavampiros


Horas más tarde, el proscripto abrió los ojos con dificultad, se lo vio en una especie de camilla de hospital en una habitación con tres muros y una reja. Al levantarse observó a los lados, no veía a nadie, ni mucho menos sabía en donde estaba. Pero el hecho de seguir con vida le dio la tranquilidad de que no fueron vampiros quienes lo atraparon, si no cazavampiros. Él era observado por varias cámaras de seguridad por un escuadrón que se encargaban de cazar e eliminar vampiros, pero con este no lo han hecho. Ellos lo observaban desde una sala de monitoreo con decenas de monitores, lo venían custodiando desde que llegó al lugar y no le despegaron un ojo de encima.

—No entiendo porque no lo matamos y ya —dijo la chica de pelo azul.

—No te ha matado cuando pudo, y eliminó a los demás vampiros sin dificultades —explicó uno de ellos, su líder. Un sujeto en el entorno a los sesenta años de edad, de cabello y barba canosa, pero aun así con buen estado físico. Bien se notaba en sus anchas espaldas y enormes manos, más su altura de metro ochenta y su recta postura.

—Es un vampiro, tiene que morir —exigió ella con los ojos desorbitados.

—No lo hará hasta que yo lo decida, es una orden —levantó la voz el líder.

—Guárdate tu orden donde no te dé el sol, capitán —dijo ella con rebeldía. No era la primera vez que desafiaba la autoridad, así era ella, una rebelde sin causa.
El vampiro era observado por todos a través de varias cámaras. Una le daba de perfil con la que apreciaron su cabello blanco y sus ojos de igual color. Pero él giró la mirada hacia el lente, era como si supiera que lo estaban mirando por esa cámara, como si los mirara a los ojos a todos.

—¿Cómo sabe que lo estamos mirando? —dijo un joven de quince años, tenía el pelo corto, teñido de un rojo artificial, cerca de su nuca con un degradé llegando a finalizar en naranja. Tenía un parche negro en su ojo derecho como el de los piratas.

—No hay manera de que lo sepa, pon otra cámara —señaló la chica otra al azar.

—De acuerdo, hermana —contestó el joven de un ojo ciego. No solo era su hermano, sino también que contestaba con una dulzura que no parecía ser un cazavampiros.
Tras enfocar otra cámara de lado, el vampiro volteó su vista a ella, los miraba a los ojos a través del lente, como si adivinara el cambio de cámara.

—Sabe que lo estamos mirando —sonrió el capitán.
Volvieron a cambiar la cámara, y así estuvieron más de diez veces. Cada vez que hacían un cambio de cámara, él los miraba a los ojos.

—Es él —dijo el joven entusiasmado. Sus ojos brillaron de emoción, era como si lo conociera o supiera de él.

—Tú y tus historias, son solo cuentos de hadas —rezongó su hermana.

—No nos hará daño a no ser que lo ataquemos —dijo el joven ciego. Partió de la sala de monitoreo al instante, se dirigió a una puerta blindada donde dio orden para que abra.

—Apertura de puerta —dijo él, y la puerta se abrió.

— ¿Qué está haciendo? —dijo el capitán alterado.

—Te dije que teníamos que matarlo —recalcó ella alterada. El capitán y la joven partieron a seguir al joven, estaba entrando donde el vampiro estaba preso.
Ambos intercambiaron miradas acompañado de un sublime silencio, mientras el vampiro estaba quieto como una serpiente a punto de asechar, el chico quedó petrificado admirando a quien entendía que era un héroe.

—Hola, ¿cómo estás? —preguntó el joven. Abrió la puerta de la roja al desliar una tarjeta magnética. Entró y se acercó a él sin temerle, y no era por valor, sino por confianza.

—He estado mejor —contestó serio el vampiro —. Quisiera saber porque me tienen aquí cautivo —continuó serio.

—Solo fue una medida de seguridad, somos cazavampiros, pero sé que tú eres bueno —dijo el joven para cuando llegaron su hermana, el capitán, y otros cinco hombres armados.

—Tu inocencia puede costarte la vida —advirtió el vampiro tras lanzarle una sonrisa amenazadora.

—¿Richard, qué haces? —preguntó a los gritos su hermana.

—Tranquila, él está de nuestro lado —contestó su hermano.

—Dime quien te ha dicho que estoy de tu lado, niño —dijo el vampiro.

—Cuenta la leyenda, que aparecería un vampiro proscripto de su raza. Alguien que los eliminará a todos. Ese tienes que ser tú. Gracias por salvar a mi hermana —agradeció el joven, fue que el vampiro la miró a ella a los ojos, como ella lo hizo en él.

—Así que esa chica tan imprudente es tu hermana —observó el vampiro.

—Cuida tu boca, fenómeno chupa sangre —gritó ella a la vez que lo señaló.

—Y veo que tiene carácter, esa actitud tuya casi te cuesta la vida, joven.

—Y de no ser por ti habría muerto —agradeció el joven —. ¿Nos ayudarás verdad? —preguntó entusiasmado, ver al vampiro era como ver a un héroe.

—Trabajo solo —contestó él fríamente mientras se dispuso a salir de la celda —. ¿Qué te ha pasado en el ojo?

—Nací con el ojo ciego, de todas maneras me he dado maña. Me encargo de la parte informática y la logística. Mi nombre es Richard. ¿Cuál es el tuyo?

—No tengo nombre, no necesito uno ya que trabajo solo sin compañía —contestó serio y frio, no quedaba nada del viejo Valantain.

—Te llamaré “V” —dijo el joven al sonreírle. Se acercó a él para darle la mano.

Su hermana intentó acercarse con miedo de que le suceda algo a su hermano, pero el capitán posó su mano sobre el hombro de ella, él confiaba en el vampiro. Aun así V, no respondió su gesto, y lo dejó con su mano desnuda.

—Agradecería que me liberen, no tengo intención de matarlos, puesto que son humanos y compartimos enemigos. Pero se los advierto, trabajo solo.

—Qué lindo látigo —dijo el joven al intentar tocarlo.

—Lo tocas y cortaré tus dedos humanos —contestó rápidamente, puesto que no se permitiría contacto con ningún humano, no quería pasar por lo del siglo XVI.

El joven temeroso hizo caso a su advertencia, pero aun así sonrió. Su sonrisa era iluminada y esperanzadora, la mirada inocente de un joven cazavampiros que a simple vista no correspondía a la posición que ocupaba. Los hombres estaban a un lado en guardia, pero poco a poco iban tomando confianza en él.

—Caballero —anunció el capitán al acercarse a él —. Usted es un vampiro que asesina vampiros, si no me equivoco.

—Así es —contestó secamente.

—¿Le interesaría formar parte de nuestro escuadrón? Sería bien recibido como miembro caza vampiros —ofreció el capitán.

—Agradezco su oferta, pero trabajo solo. Ustedes solo serían una carga para mí.

—Podríamos compartir información, y brindarle de nuestros recursos si lo desea —el vampiro sin contestar observó a lo alto, con sus ojos de vampiro miró a través del techo y se percató que estaba bajo tierra.

—Esto es una base subterránea, ustedes son más de veinte hombres, y hay un vampiro allí arriba siguiendo el rastro de la moto de la chica. Recomiendo que cada vez que vuelvan tengan ello en cuenta, o los encontrarán.

— ¿Cómo lo sabes? —dijo el joven sorprendido.

—Ese no es tu asunto —contestó serio.

—No eres amistoso por lo me doy cuenta —dijo el capitán —. Pero no tenemos motivos para retenerte, vete si lo deseas. Pero cuando quieras volver solo hazlo, y serás bienvenido —explicó el capitán.

—Nuevamente agradezco su oferta, pero como he dicho antes, trabajo solo. Solo una cosa pediré.

—Lo que usted deseé —dijo el capitán.

—La próxima vez que me vean enfrentándome a mi raza, me dejarán luchar solo. Puesto que sus presencias me vendrían en desventaja.

—Pero si te ayudaremos —dijo el joven.

—Eso es lo que ustedes creen, los vampiros sanamos nuestras heridas rápidamente al beber sangre humana, ustedes solo les darán más energías —contó el vampiro.

—Eres muy arrogante —dijo ella al mirarlo con desprecio.

—¡Basta Eloísa! —Gritó el capitán —. Así será V, como tú lo has pedido. Me imagino que te has percatado que si bien te encerramos, lo hemos hecho sin quitarte tus armas. Era la manera de hacerte entender que no somos tus enemigos.

—Adiós —solo dijo el vampiro.

—Pero no sabes la salida —dijo el joven al verlo partir.

—Eso es lo que tú crees —contestó sin voltear —. Hazme un favor joven.

—Dime.

—Cuida a tu hermana, que no sea tan imprudente.

—Sí, V —contestó con una sonrisa el joven.

—No necesito que me cuiden, chupa sangre, te mataré la próxima vez que te vea —gritó ella mientras V se alejaba.

V se marchó por un camino donde las paredes el piso y el techo estaban elaborados por un metal de color plateado, cada puerta que llegaba se abría al llegar, puesto que se lo permitían de la base de control.

—Sabe el camino, es fantástico —dijo el joven.

—Tienes que aprender a controlar tu carácter Eloísa —rezongó el capitán.

—Tú tienes que ser menos idiota —contestó ella agresiva.

—No hay caso contigo, mujer —se rindió él.

No era la primera vez que la joven rebelde contradecía sus órdenes, y tampoco sería la última. Eloísa era ese tipo de mujer difícil de manejar, cuyos impulsos la dominaban, y pobre del que le llevase la contra.

—Solo él podrá contra el rey de los vampiros —pensó el joven de ojo ciego.

V se marchó de allí al salir por una cueva donde se ocultaba la entrada al escondite. Salió al exterior mientras observaba a los lados. Cerró sus ojos, y con su mente llamó a su caballo, quien si bien estaba lejos, tardó solo treinta minutos en su encuentro. Pero el latir de su corazón le dio la señal, del vampiro que estaba buscando el rastro de la motocicleta de la chica. Fue que V hizo de cuenta que no se percató de su presencia, pero sabía que él se escondía tras unos arbustos.
Al momento de cabalgar su caballo, hizo de cuenta que revisaba su bolsillo, pero solo esperó a ser atacado. El vampiro de pasos silenciosos se acercó a él por detrás, y saltó sin llamar la atención con un hacha de doble filo con la que intentaba partirlo en dos. Pero justo antes de llegar a la cabeza, V estiró su mano y tomó del mango con tanta velocidad que el atacante recién se percató al momento en que su hacha quedó inmóvil. Con gran fuerza V sostuvo el arma, que no importaba que tanto forcejeara su enemigo, ni un músculo de resistencia provocaba mientras V mantenía una postura implacable. El vampiro atacante aterrado, soltó su arma y se dispuso huir. Corrió tan rápido como su cuerpo respondía, sabía que no podría con él luego de percibir su fuerza.

—Te lo devuelvo —dijo V.

Lanzó su hacha tomando de su mango, girando y girando llegó a la espalda el atacante,  lo mató en el acto cuando el hacha atravesó su espalda y partió su cuerpo en dos. El arma siguió el recorrido como si solo cortara mantequilla, y se incrustó en una roca donde terminó su recorrido. Mientras tanto V estaba siendo observado por el escuadrón caza vampiros, un pequeño dron espía.

—¡Vieron eso! —dijo el joven maravillado con su destreza.

—No hay duda que sus habilidades van por encima de nosotros —apreció el capitán.

—Es solo un presumido —bufó Eloísa.

—¡Un presumido que salvó tu vida! —Gritó el capitán.

—Yo también hubiera matado a ese vampiro —contestó ella al esquivar la mirada.

—Y ese vampiro siguió tu rastro, deberemos de tener eso en cuenta, fue un profesional en esto quien lo advirtió —explicó el capitán.

—¿Vas a hacerle caso a un vampiro? Es solo otro de ellos —gritó Eloísa, no aceptaba la colaboración de un vampiro por nada del mundo.

—Hermana —tranquilizó a ella el joven —. Es el de la profecía, el caminante entre los muertos que se enfrentará al rey de los vampiros —continuó.

—Deja ya esas historias gitanas, esto es la realidad —dijo ella agresiva, luego se retiró de la sala de control.

El capitán y Richard se observaron con tristeza, no se dijeron una palabra, no hacía falta.


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sábado, 7 de marzo de 2020

Reseña a "Los ecos de todos los siglos" de Klaus Schwarzloch

He salido de mi zona de confort, vaya sorpresa


“Los ecos de todos los siglos” es una obra que no está comprendida dentro de las lecturas que suelo escoger, tengo que agradecer a esta lectura conjunta en Hoja en blanco, esta novela es una de esas obras que me ha quedado silbando en la cabeza. Una obra de arte.
Nuestro autor nos transporta desde la antigua Alemania antes del 1900 hacía Chile y Perú. Nuestro protagonista, Hans, es un joven alemán envalentonado, quien huye de su hogar por no querer ser juez como su padre dictaminó. Hans quería explorar el mundo, conocer lugares y vivir aventuras, pero en épocas donde el padre decide el destino de sus hijos se le impuso el trabajo de oficina. Emprendiendo un arduo viaje hacia la preciada América, en plena época de migración como muchos otros europeos, cumplirá con su deseo de explorar nuevas tierras. En la historia podemos apreciar un estilo de vida distinto a la actualidad, las costumbres familiares, las relaciones amorosas y matrimonios, tiempos de guerra, y las jerarquías familiares donde quien da orden no se le discute. Las viejas cartas y los telegramas que eran el medio de comunicación más viable, y las noticias sociales que en ocasiones demoraban días en llegar. Si algo hay que quiero destacar de esta obra en lo personal, es que simpaticé mucho con el protagonista en el inicio, me sentí muy identificado con él. En el correr de la historia podemos ver su evolución con el correr de los años, donde ya no me sentí identificado porque su vida toma otro giro, pero si he comprendido su situación. El amor no falta en esta historia y me ha dejado boca abierta, y como gran aporte me ha gustado mucho esos detalles del antiguo Chile y Perú que desconocía totalmente, además de las expresiones típicas. Gran parte de la narración es en tercera persona de narrador omnisciente, y también en primera persona mediante cartas y diarios personales que le dan otro tinte. Al día de hoy la obra no ha sido publicada, estaré esperando a que salga a la luz para publicitarla.


Klaus Schwarzloch es el seudónimo de Oscar Lizana F., chileno.
Tiene tres amores en su vida: Su esposa, sus hijas y la literatura.
Estudió mecánica en Coburgo, Alemania. Siempre su vida laboral estuvo ligada a temas técnicos. Circunstancias que no le impidió ser un asiduo lector. Esta es su primera novela de ficción histórica-romántica.

"El pasado de nuestros puebos latinomericanos es una fuente inagotable de buenas historias. Ellas merecen ser narradas" opina.